Su padre tenía una pequeña cuadra de cerdos que los alimentaba y los cuidaba con prolijidad. Asimismo, cuando
llegaba un día especial, toda aquella dedicación destinada al cuidado del animal se convertía en una suculenta alabanza al paladar. Se evidenciaba todo aquel esfuerzo y minuciosidad que su padre había realizado durante todo ese tiempo. María mostraba cierta admiración por el arte de la ganadería. Es así como creció observando el trabajo de su padre.
Años después, esa afición se convirtió en una vocación. María decidió hacer crecer el negocio familiar e implementar todos los conocimientos adquiridos a lo largo de su infancia. Para ello, agrandó las cuadras y aumentó la cantidad de cerdos. Cada madrugada aquel fulgor amarillo de los girasoles entraba por la ventana de la habitación y María se
maravillaba mirando el horizonte mientras meditaba como podía mejorar la crianza de sus animales.
Enriqueció su alimentación y su cuidado. Una vez ella creía que era el momento, subastaba la carne al pueblo.